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Tres tiempos en el Maxwell Street Market (parte I)

Written By El Duende on lunes, 12 de diciembre de 2016 | 18:01

“Los comerciantes ambulantes, locatarios de ese Mall fijo y móvil, mezclan el pasado y el porvenir, y se acomodan en las ruinas que fueron proyectos de modernidad.”
Maxwell Street Market a los pies del downtown, 2015. Foto: José Guzmán
“En el principio creo Dios los tianguis y los marchantes”, recordarás el “Génesis” del Consumidor compulsivo mientras caminas bajo las inclemencias de la llovizna y el frío. Para resguardarte del viento, te acercarás al puesto de don Alfajor por una cocada y lo escucharás atento: “hoy no sacaremos ni para el NyQuil, don”. Entonces notarás que el optimismo del dulcero ha comenzado a extinguirse: “ya estamos en mayo y el frío no nos deja jalar. ¿Cómo celebrar a las madres en un domingo de aguacero?”. Por momentos arreciará la llovizna y un puñado de comerciantes desafiará los reportes meteorológicos. A escasos pies de los pies del downtown de Chicago, unos cuantos vendedores —los más consistentes o los más necesitados— habrán montado sus puestos en el mercado Maxwell de la calle Desplaines. A las 11 de la mañana del 10 de mayo de 2015, a estos marchantes aún les quedará la esperanza de que el día se pueda despejar y puedan sacar por lo menos lo invertido: gasolina, estacionamiento, derecho de piso, un par de quesadillas y un champurrado para mitigar el frío. Alfonso Seiva te comentará que el día de hoy se habrá venido abajo. “Otro día invernal con salario cercenado” y, además, te dirá que los planes para celebrar a las madres con música de jaraneros se habrán cancelado. “Ya estuvo que el día no se aclarará. Ni modo, nos vamos a casa temprano”, y aunque por momentos la brisa haya de disminuir, hoy no será uno de esos domingos soleados donde hasta el comerciante más chimuelo masca fierro.

Vagar por este mercado los domingos se ha vuelto una rutina necesaria para matizar la nostalgia del inmigrante. A pesar de que el flea market de la calle Maxwell ya existía desde las postrimerías del siglo XIX, recibió el reconocimiento oficial de mercado hasta 1912 y desde entonces ha estado localizado en tres calles: Maxwell (1870 – 1994), Canal (1994 – 2008) y Desplaines (2008 al presente: 2015). Mas el mercado de hoy no ha llegado a convertirse ni siquiera en un remedo de los dos mercados que le precedieron. El ambulantaje fue domesticado y la economía informal que lo caracterizaba la regularizó el Estado. Hoy en día queda muy poco por privatizar y todo se ha convertido en fuente de ingresos para el ayuntamiento. El mercado al aire libre ya no es tan libre. Al tiempo que retomo mi andar me sigo preguntando por qué este flea market sigue llamándose Maxwell Street Market si no está en la calle Maxwell. Me aventuro a pensar que al perpetuar el nombre buscan apropiarse de la interpretación de la historia o de lo que de ella queda.

Pero en realidad, ¿qué queda del viejo Maxwell? El nombre y casi nada.
“The whole of life itself expresses the blues."
— Willie Dixon, Chicago blues musician
Si visitas el Mercado Maxwell cualquier domingo, como este domingo asoleado del 17 de mayo de 2015, de seguro encontrarás a Vincent Johnson tocando un blues en la periferia del mercado. Escucharás las notas tristonas que salen de su guitarra Epiphone 335 Dot Deluxe. Es posible que repares en el estuche añoso que le sirve para recaudar billetes y monedas. Mientras continúas escuchando, escudriñarás con la mirada el estuche y quizá te llame la atención esa hoja de papel gastado que te invita a visitar la fundación Maxwell. Entonces Vincent sonreirá y te dará las gracias por los billetes arrugados que depositaste en el estuche. Darás un par de pasos hacia atrás y con el teléfono buscarás encuadrar el mejor ángulo. Por un momento pensarás que todos tus “amigos” en Facebook y en la aldea global deberían conocer aVincent. Pero antes de subir la foto te detendrás y entonces a través de la pantalla digital del celular caerás en cuenta que es zurdo. “He is ‘Lefty’”. Luego sentirás bajo la epidermis el chillido de las consonantes que arrastra al cantar: “Bad luck and trouble’s my only friend, / I’ve been down ever since I was ten”. Percibirás dolor en la letra, en los acordes. Pasarás saliva y sentirás un escalofrío melancólico, pero no sabrás por qué. Entonces repararás en su pie izquierdo y notarás que no solo lleva el ritmo con él sino que además lo marca con un pandero que toca con la extremidad. Sí, será un pandero chimuelo que ha ido descarapelándose con los lustros y que hacía más de treinta años que no lo tocaba. La última vez que “Lefty” usó el pandero fue en 1984, entonces estudiaba ingeniería en la East-West University y necesitaba ganar un poco de cash. Sí, él también tocó en el mercado Maxwell, el original, claro está, sí aquel flea market viejo y de calles maltrechas. Pero te dirá con un poco de zozobra que tuvo que regresar a la universidad para graduarse de ingeniero y después entregarse a la docencia universitaria; luego laboró como maestro de primaria y secundaria, ingeniero en electrónica y computación, además de realizar trabajos manuales por aquí y por allá. Como que “Lefty” quisiera dar a entender que mientras la economía se convulsiona y nos convulsiona, la nueva clase trabajadora de cuello blanco sigue de picada. No sabrás qué decir cuando escuchas que por los giros de la economía se tuvo que dedicar a la docencia en el Chicago Charter School System, y sin resentimiento te dirá que cuando no lo llaman cada día para cubrir a algún maestro en las escuelas chárter, ganará algunos dólares tocando en alguna estación del tren subterráneo. Ahora te atrapará su sonrisa, ya no su desventura que es también la adversidad de muchos otros. Seguirá entusiasmado tocando su guitarra carmesí con la mano izquierda. La guitarra seguirá llorando y él volverá a sonreír y pareciera que ha leído tu incredulidad. Te sacará de dudas. Te dirá que aquí en la Maxwell trabajan dos jóvenes en la limpieza que han sido sus alumnos. Uno se llama Ismael y el otro Danny. En ese momento, Ismael saldrá de alguna esquina del mercado con su chaleco fosforescente y sonreirá quizá porque la escena se repite domingo a domingo. No le costará adivinar que tampoco le creías a “Lefty”; pero sí, fue su maestro sustituto en la secundaria Aspira, Inc. of Illinois. Además el joven agregará tímidamente que trabaja en la limpieza los domingos y entre semana asiste a la high school. Alcanzará a decir que quisiera ser mecánico pero su break ha terminado y retomará la ruta que va determinando la basura en el piso. “Lefty”, por su parte, querrá retomar una melodía y antes de empezar a cantar te entregará su tarjeta; entonces, te darás cuenta que también arregla computadoras y balbuceará dos o tres palabras en un español que no entenderás. Alcanzará a decir que lleva el blues por dentro, que nació en Chicago, pero sus padres migraron de Memphis. Y antes de despedirse te dirá en inglés que fue un torpe por no haber aprendido español, pero el brillo le regresará a los ojos cuando mencione que le ha comprado a su hija un diccionario de inglés y español. Te comentará lo mismo que le ha repetido a su hija: “El futuro está en el español. Nunca pensé que mi fuente de ingresos provendría de los hispanos y así es tanto en el mercado como en la escuela. Espero que mi hija lo entienda. Now excuse me, Sir, Albert King is waiting for me: ‘Born under a bad sign / Been down since I began to crawl / If it wasnt for bad luck / You know, I wouldnt have no luck at all…’”

Mientras retomas tu andar por los pasillos del mercado escuchando todavía los acordes de la guitarra Epiphone 335, caerás en cuenta de que el blues que en un tiempo fue el centro de Maxwell ahora es periférico. “Lefty” Vincent Johnson continuará resistiendo domingo a domingo con su guitarra y así evitará convertirse en una estadística del desempleo. Al igual que muchos comerciantes del mercado, se aferrará a sobrevivir trabajando con afán y fe para mantener la esperanza viva.

En Maxwell, el comerciante ha hecho de los domingos otro trabajo part-time. Entre semana trabaja en las yardas, limpiando oficinas, cuidando niños, operando una máquina en una imprenta, lavando platos en un restaurante, archivando papeles en una Walgreens, vendiendo en el changarro de la esquina, sembrando chiles, o estudiando. En este mercado Maxwell de la calle Desplaines encontrarás tan solo a un puñado de comerciantes que han hecho la transición de mercado en mercado. Uno de ellos será Alfonso Seiva y ya te ha de estar esperando para lonchar en el puesto de tacos La Paz. 
Maxwell Street Maket en la calle Canal. Foto: FC Austin Sports
La exclusión de la modernidad 
 Después del 28 de agosto de 1994, los bulldozers arrasaron más de 120 años de historia. Entonces el sur del downtown comenzaba a expandirse, devorar los lotes baldíos que estaban a su paso, y demoler las construcciones antiguas y abandonadas. Eran los años del alcalde Richard M. Daley.

Lo que un día fue conocido como el “Nuevo” Mercado Maxwell en la Calle Canal no llegó a ser tampoco la sombra de su antecesor: Maxwell Street Market o Jewtown. Lo cambiaron de lugar y retocaron el nombre; bastaba mirar la construcción a los alrededores de la calle Canal para atestiguar que se vivían las postrimerías del nuevo mercado. La apertura del supermercado Dominick’s a un costado de la calle Canal y luego Whole Foods fueron indicadores del cambio en el mercado. David Whiteis —periodista del Chicago Reader— vislumbró en su artículo del primero de septiembre de 1994 las causas que ocasionarían el ocaso del mercado original y presagió el matiz del mercado en la Canal: “…no hubiera importado si Karl Marx, Saul Alinsky y Moisés hubieran regresado a organizar a las masas (del viejo Maxwell) y guiar a ‘Jewtown’ al nuevo siglo. Está claro que el cierre del mercado no es sólo la responsabilidad de UIC, ni siquiera del desarrollo del área per se… Esto es algo mucho más grande: una visión urbana con una tendencia corporativa”.

Por su parte, la socióloga Elise Martel cayó en cuenta de que el nuevo mercado estaba siendo reemplazado por una estructura vertical: “El mercado de la calle Canal fue estructurado de tal manera que llamara la atención de la población con más recursos de la ciudad. El mercado ha sido domesticado, centralizado y convertido en un lugar de eventos especiales”.

Aún así, en el mercado de la calle Canal todavía se podía comprar y vender de todo, o casi de todo: desde un insertaagujas alemán manufacturado en Taiwan, un carrito de hot dogs, o bien vender un toilet usado e, incluso, si estaba dentro de las posibilidades del comprador podía adquirir los lotes baldíos aledaños al flea market. Para eso solamente tenía que llamar a Steve: “For Sale: 31 Acres. CSX Transport Inc. Contact Steve”.

Al mercado en la Canal lo desplazaron a una zona en pleno desarrollo; por eso, comenzó a expirar antes de ver la luz y la extinción se debió a razones estéticas, económicas y políticas. La economía de la ciudad y el país “estaban en ascenso”. Era la década de 1990, se vivía la “pujanza económica” del presidente Clinton y las zonas en torno al downtown de Chicago estaban siendo re urbanizadas. El terreno que ocupaba el viejo mercado ya había sido gentrificado y reconstruido. En su lugar habían edificado una lujosa zona residencial, restaurantes ramplones para los estudiantes de UIC y boutiques de poca importancia.

Si lo moderno en 1994, era acomodarse a los intereses gran capital; entonces, los vendedores del mercado en la calle Canal quedaron fuera de la modernidad. La imagen de una ciudad globalizada no combinaba con los 532 chachareros que domingo a domingo se apilaban para vender en el flea market. Pero la cercanía del “nuevo” mercado con el downtown y las zonas residenciales exclusivas no necesitabanun tianguis de yunque como parte del “nuevo” paisaje cosmopolita de Chicago.

En una burbuja de privilegios no cabían la señora y su hija que descendían de un Audi negro en el estacionamiento del Dominick’s supermarket y el río de gente que a escasos metros iba y venía por el tianguis. Antes de que la niña detuviera su mirada en algún juguete, su madre la apresuraba porque las puertas automáticas ya se habían deslizado. En frente del estacionamiento, doña Amalia, ajena al deslizamiento de aquella puerta, atendía a un cliente y mientras daba cambio, su pequeñuelo seguía atento a otra disputa dominical:

—Ya te dije que me dejes. Yo no me meto con tus gustos.

—Y tú sabes que yo tampoco, pero sólo quiero recordarte que esos cuadros verdes no te quedan.

—Y yo te digo que a mí me gusta esa tishirt y ya deja de chingarme que yo no te digo nada de tus putos baggies.

—No se peleen por una camisa. Denme quince pesos y se acabó y si no les gusta ésa, pues allí hay más. Y a usted joven, ¿cuál le gusta? ¿La de la virgen?

—Yup.

—Ésa sí que cuesta un poquito más. Es de seda original.

—¿De seda?

—Sí, de seda y está hecha en China, mire nomás que bonita. Le quedará muy bien y llevará a todas partes a la Patroncita…

—¿Y tiene de mi size?

Ahora el niño volteaba hacia la puerta del estacionamiento y sonreía al ver al reverendo predicando sin altavoz, pero con mucha fe: “…Así es hermanos, si Jesús caminara hoy entre nosotros, definitivamente no andaría de compras al norte de la Avenida Michigan; lo encontraríamos en Maxwell Street, que no es Maxwell Street sino Canal Street. Sí aquí, caminando entre nosotros y no entre aquellos…” Y si físicamente Yisus no andaba por el tianguis, al menos sí se encontraba en múltiples reproducciones de papel, de plástico, de materiales fosforescentes y camisetas de algodón por muchos puestos del “New” Maxwell Street Market.

El uso de imágenes religiosas ya no tenía como fin lo religioso sino que había sido elevado a un plano estético. Y es precisamente esta distinción la que diferenciaba a unos y a otros asistentes al mercado. La gran mayoría, eran mexicanos de una, dos y hasta tres generaciones y habían convertido el paseo dominical por la garra en un fin. Los abarrotes eran más baratos que en las tiendas y la ropa, que aunque fuera de saldos out of fashion, se conseguía a mejor precio. Además los consumidores más avispados sabían que en el barrio dichas prendas nunca pasaban “de moda”. Pero para una minoría de artistas y coleccionistas que el privilegio de la distinción los volvía casi únicos, el mercado era un surtidor de objetos sublimes, antigüedades, folk art, arte constructivo y parafernalia religiosa que sin duda terminaría en alguna instalación. Estos privilegiados bien sabían que “el yunque de unos era antigüedad de otros”.

La señora que había entrado a Dominick’s ahora salía con su hija. En una escena idílica y azucarada, ambas empujaban el carrito cromado hasta la cajuela del Audi. El auto de lujo salió quemando llanta mientras ahora un Cadillac buscaba ocupar el lugar del Audi último modelo: 1994.
Recordando Maxwell Street Market. Foto: Chicago Tribune
 The Wild Onion
I know a Jew fish crier down on Maxwell Street with a voice like a north wind blowing over corn stubble in January…
—Carl Sandburg, Fish Crier
La tradición comercial de Maxwell se remonta, para el historiador William Adelman, hasta la época en que los colonos de The Wild Onion —nombre autóctono de Chicago— intercambian mercancías con los indígenas del área. Lo hacen en el límite de la ciudad, que en ese entonces se encuentra en la intersección de las calles Halsted y Maxwell.

A mediados del siglo XIX, el área se convierte en un port of entry para inmigrantes europeos. Y no fue sino hasta después del Gran Fuego de Chicago, en 1871, y gracias a éste, que la zona recibe un empuje comercial. Pero un año antes, 1870, los primeros judíos de la Europa pobre del este comienzan a asentarse en el área de Maxwell y los clientes de esa época son irlandeses, eslavos, alemanes, italianos, griegos y más judíos.

“El alcalde de ese entonces no quería a los vendedores ambulantes de origen judío en el Loop de la ciudad —señala el economista Steve Balkin—. Y la única manera de mantenerlos fuera del Loop, es a través de la designación del área de Maxwell Street como el Mercado Oficial de la Ciudad, en 1912. Queda claro que el mercado ya existía pero hasta ese año recibe el reconocimiento oficial. Así, si los vendedores ambulantes que se acercan al Loop, son arrestados, y es que para ese entonces ya existe un lugar para chacharear: el ghetto Maxwell.”

En la década de 1920, los inmigrantes mexicanos que vienen a trabajar en la construcción de las vías férreas comienzan a asentarse cerca del área, y para 1927 asisten a la primera misa en español en la iglesia de San Francisco de Asís, tan sólo a unos metros de las calles Halsted y Maxwell.

El tercer grupo que comienza a llegar al área de Maxwell está compuesto por negros “que llegan a Chicago a causa de la mecanización de la industria del algodón en el sur del país —enfatiza el profesor Balkin—. Estos trabajadores agrícolas del sur quedan desempleados y entonces emigran al norte. Ya en Chicago, los migrantes negros llegaban a la avenida Michigan y Roosevelt, que es donde estaba la estación del tren. Salen a la ciudad y caminan por la calle Roosevelt hasta llegar al área de Maxwell. Ahí encuentran un lugar barato para hospedarse y también pueden obtener víveres abaratados.”
Rescatando la memoria histórica. Foto: thestrainero.com
 Los hispanos flotando alrededor del ambiente
Para muchos, el mercado Maxwell es más que un oasis para sedientos. Con el paso de los años se convierte en un lugar de convivencia, además de sobrevivencia. A pesar de que Chicago es considerada una de las ciudades más segregadas de Estados Unidos, el mercado Maxwell es un lugar único en su tipo. Bien pudo llegar a ser la prueba contundente de la teoría del melting pot si es que la ciudad no hubiera vendido la cazuela a los developers por 425 millones de dólares.

Con la “Gran Migración” negra, comienzan a llegar músicos de Mississippi al mercado Maxwell.

“Llegan en la década de 1940 y comienzan a tocar blues en las calles —continúa el profesor Balkin—. En ese entonces las guitarras eléctricas comienzan a comercializarse y se vuelven accesibles para el público. Nadie quiere quedar fuera de la modernidad y quien toca la guitarra, lo quiere hacer con una eléctrica, de esa manera lo pueden escuchar mejor grandes multitudes.

”En Maxwell, el blues se convierte en un producto urbano: ahí se encuentran las raíces del Rock ‘n’ Roll. A esta combinación de música se le llama: ‘Chicago Blues para gente blanca’. Y precisamente el primer éxito de Elvis Presley es “That’s All Right Mama”; una composición de Arthur ‘Big Boy’ Crudup, quien es un músico que se hace en Maxwell Street y desgraciadamente muere en condiciones paupérrimas.”

En 1994, Jaime Guzmán había cumplido 32 años cuando se convirtió en el primer músico mexicano en tocar la armónica en una banda de blues en el mercado Maxwell de la Canal. Llegó a Chicago infatuado por el blues. Le pregunté por qué escogió Chicago y no Mississippi.

—La cuna del blues eléctrico fue Chicago.

Jaime llegó a finales de la década de 1980 y su primer contacto con el blues fue en un bar de la calle Halsted. Esa calle que hasta 1994 fue el alma matter de la ciudad: un crisol de inmigrantes de distintitas culturas, distintos estatus sociales y de variados bagajes culturales. Jaime continuó el hilo de la conversación:

—Al llegar a Chicago, entré a un bar muy pequeño y ahí encontré el blues. Fue una experiencia inolvidable, más que nada, por la intimidad que se vivía con los músicos. Fue increíble estar junto a músicos mundialmente famosos. Inclusive hasta llegué a platicar con ellos en mi inglés todo mocho.

Aunque Jaime fue asiduo en el viejo mercado Maxwell, nunca se atrevió a tocar ahí:

—No toqué con ellos porque todavía tenía miedo. Me sentía intimidado, pero sí los escuchaba y los veía tocar. Maxwell Street en la década de 1950 se convirtió en la cuna de los mejores músicos de blues; los más famosos tocaron ahí: Muddy Waters, Little Walter, Sonny Boy Williamson… El blues era algo más que música: era toda una cultura. Era una manera de vivir la vida. Y Maxwell era el punto de convergencia de todos esos grandes bluesistas negros.

Jaime comenzó a tocar profesionalmente con la banda de Willie James & The Maxwell Street Blues Band. En las primeras tocadas en el mercado de la calle Canal se convirtió en la mirilla de los curiosos, sobre todo de los mexicanos que frecuentaban el mercado. Algunos se sorprendían al ver a un mexicano tocando la armónica entre negros:

—Yo era algo así como el juguete, la atracción de la banda. Cada vez que tocaba, acomodaba mi equipo y la gente negra se me quedaba viendo como pensando: “Ah, es quien carga los instrumentos de los músicos”. Y cuando me veían tocar adivinaba en sus rostros un gesto de sorpresa.

Cuando llegué a Maxwell, los hispanos también se sorprendían al verme ahí y a la vez les daba gusto. La gente pasaba y me daba frutas, una soda. Se sentían orgullosos de mí por estar tocando ese tipo de música, que por naturaleza no era nuestra. Pero se identificaban conmigo y creo que empezaban a asimilar el blues. Eso fue algo que noté en cuanto llegué: los hispanos flotaban más alrededor del ambiente.

—Jaime, he ido últimamente al “Nuevo” Mercado Maxwell de la Canal y no he escuchado blues. Tengo la impresión de que el espíritu de Maxwell se acabó. Al no escuchar bandas de blues para mí no hay espíritu. Hay otra cosa, pero el espíritu de Maxwell tradicional ya no está. ¿Qué opinión tienes al respecto?

—Los tiempos cambian y hay que tomar en cuenta de que a veces el frío no permite tocar afuera. En esencia el mercado está muy cambiado. Con el tiempo, se convertirá en una plaza sin valor histórico, sin el espíritu que antes imperaba.
La lucha por rescatar el mercado Maxwell. Foto: thestrainero.com
La novena
“The Lord looks after drunks and fools,” a regular suggested.
“Uh-huhh!” someone answered. “He be workin’ overtime down here!”
—David Whiteis, The Last Sunday, 1 de septiembre de 1994
 
 
Se vislumbra el fin del flea market una y otra vez a lo largo del siglo XX. “El obituario del Maxwell Street Market se ha escrito una docena de veces en las últimas dos décadas. Los articulistas se lo han atribuido a le expansión de la Universidad de Illinois, la invasión del Dan Ryan Expressway, los urbanizadores, inversionistas y desarrolladores rapaces; uno o la combinación de todos serán la muerte del mercado. Bien, se equivocaron. Los domingos, el mercado Maxwell sigue siendo el mejor show en la ciudad”, escribe Jack Star en el Chicago Tribune en 1974. Dos décadas después, ahora sí, como dice el poeta León Felipe: “la suerte ya se ha echado”.

Varias semanas antes de que la Ciudad, UIC y los developers buldocearan el viejo mercado Maxwell en 1994, un movimiento de resistencia se empieza a gestar. Domingo tras domingo se reparten volantes en inglés y en español para resistir la destrucción de los terrenos aledaños a Maxwell. Se invita a marchas, a talleres para organizarse y resistir: demandan que el alcalde Richard M. Daley no venda el terreno a la universidad.

Diez días antes de que se cierre el mercado, los comerciantes organizan una novena a la Virgen para que el mercado continúe en operación en el mismo sitio; sin embargo, ni con la intermediación de la Virgen se detiene la venta. El alcalde da luz verde para demoler el mercado.

De los grandes y desorganizados esfuerzos que se hacen para detener la demolición, sólo quedan algunos registros fotográficos, algunas decenas de artículos, un par de disertaciones y muchos recuerdos emotivos:

“Hubo un grupo, en particular, que se suma a nuestra lucha: el Revolutionary Communist Party (RCP) —recuerda el profesor Balkin—. Aunque es un grupo pequeño, el ar-ci-pi, aquí apoya la lucha para mantener en operación el mercado. Me resulta interesante la siguiente paradoja: ¿qué pasa en Estados Unidos cuando el Partido Revolucionario Comunista apoya la libre de empresa?

“La gente del RCP piensa que la lucha por el mercado Maxwell es un conflicto de clases, no tanto de libre empresa. Su interés es luchar al lado de la gente pobre y por eso les guardo un gran respeto.”

Con menos pasión, David Whiteis registra en el Chicago Reader del 1 de septiembre de 1994 a la novena como “una vigilia de centinelas olvidadizos, ya que hasta los organizadores y simpatizantes en más de una ocasión olvidan las velas para ambientar los rezos y las súplicas”. En tanto, el profesor Balkin, a pesar de los errores que hay en la organización, se siente satisfecho con el outcome:

“Los vendedores toman la iniciativa y organizan una novena e invitan al público y activistas a participar. Oramos durante diez días seguidos, inclusive miembros del ar-ci-pi asisten a la novena y, aunque son ateos, rezan con devoción a nuestro lado, hombro con hombro. Bien saben que el objetivo principal es apoyar a la gente vulnerable sin recursos.”
 
Carrie Robinson yArvella Gray, en And This Is Free (1961).
And This Is Free
Chacharear en el viejo Maxwell es una expresión más de la necesidad. Los comerciantes necesitan más que astucia para ganar algunos Benjamines los fines de semana. La marginalidad del ghetto, la imaginación y el talento de cientos de chachareros habitan y recorren las calles del área de Maxwell. Según el Chicago Tribune, cada domingo hasta 35 mil personas visitaban el mercado. Por su parte, Mike Shea registra magistralmente el mercado en el documental And This Is Free (1961).

En la década de 1950, los micrófonos portátiles y los altavoces facilitan un mayor desenvolvimiento de ademanes en los vendedores. Se masifican la producción de altavoces y se multiplican los vendedores ambulantes, curadores, prestidigitadores, juglares, merolicos, titiriteros, payasos y charlatanes.

Con el uso del altavoz —quien no grita no vende— aumentan las posibilidades de engrosar las pacas de billetes mientras el cliente desembolsa dólares y más dólares por las grandes ofertas atractivas e inverosímiles. La promoción incita a comprar una pomada para las callosidades y recibir uno, dos, tres y hasta cinco sobrecitos de polvos que alivian los ojos de gallo. Y en Maxwell los callos, juanetes y ojos de pescado tienen a un adversario de verbo churrigueresco y engomado modoso. Bastaba acercarse a la bolita de gente mientras el pedicurista de los menesterosos articula con maña cómo en un par de días las callosidades se caen con una ración de polvos redentores y un poquito de agua tibia. Ante tanto sobrecito free, una mano delicada y discreta se abre camino para alcanzar la pomada y uno, dos, tres, cuatro y cinco sobrecitos gratis… Mientras se aleja la joven de tacón alto y andar ligero, el vendedor con una mirada despide a la dama y con un movimiento brusco le tiende un sobrecito gratis al paisano que con desconfianza curioseaba los polvos:

—Take this for los pies, señor. This is free.

La vitalidad del mercado se encuentra en cada tienda del área, en cada puesto improvisado, en cada merolico y en cada rincón baldío donde cabe una caja para montar un puesto, una canasta para comprar o la vieja camioneta que sirve de escenario para los bluesistas. Conforme las horas avanzan y los acordes llegan al clímax, los pies de los curiosos marcan el ritmo de las melodías y obligan al resto del cuerpo a incorporarse al baile. El ritmo en el viejo mercado Maxwell es de los negros. Otros transeúntes también reaccionan a la música, pero sólo con tiesas contorsiones de cuerpos oxidados. Hubo por lo menos dos bailarines que hicieron historia en Maxwell, pero no porque llegaran a la cima del éxito en un escenario, como Benny Goodman, sino porque su destino los mantiene en una esquina marginada con decenas de conocedores de blues y de gospel. Del talentoso bailarín Tucker, Whiteis escribe en el Chicago Reader del 1 de septiembre de 1994:

“Tucker vive en un edificio abandonado de la calle Morgan… Baila por propinas en cualquier lugar que las bandas se instalan. Cuando se entrega a su baile, salta de panza sobre el lodazal, corre descalzo, con pasos recortados sobre el lote baldío regado de vidrios, se lanza al montón de basura y de ahí emerge con una sonrisa desdentada, sosteniendo una botella de vino que desde antes había dejado preparada. Su especialidad es una rutina en la que jala las mangas de su pantalón y desgarra su camisa, sólo para revelar otra muda de ropa….”

El otro ángel caído es Carrie Robinson. Baila en el viejo mercado por más de dos décadas. Desconozco si lo hace por dinero, mas en su cantar, Dios es el leit motiv y ella la portavoz de ángeles inciertos. “Power, we need power” ora, canta y redunda una y otra vez hasta entrar en trance. Sus pasos no son estudiados ni graciosos como los de Tucker, ella se mueve porque en su cuerpo lleva la cadencia del canto, el reclamo, el agradecimiento y la irreverencia. Cuando la melodía se le adelanta al requinto de Arvella Gray, su mirada ya ha dejado Maxwell, sólo se le escucha tararear y musitar al ritmo de los acordes de la guitarra de Arvella.

Después de que los bulldozzers arrasaron con la historia del mercado Maxwell en 1994, se llegó a ver a Carrie ocasionalmente en el mercado de la calle Canal. Después de las 12 del día se acercaba lentamente al lote donde tocaba Piano C. Red. Su baile ya no era estridente, ni exótico. Su andar y los movimientos de su cuerpo aunque lentos dejaban al descubierto la levedad de su espíritu y manifestaban la libertad de un alma en el limbo.
Charleen Torres, 2015. Foto: Franky, El BeiSMan
 “El movimiento nunca miente. Es un barómetro
que dice el estado del alma”.
—Martha Graham
En algún lugar habrás leído que “Bailar con los pies es una cosa, pero bailar con el corazón es otra cosa.” Y recordarás este dicho ahora que sigues caminando bajo el sol de este tercer domingo de mayo de 2015. Andarás entre puestos de ropa, fierros, zapatos, juguetes, plantas, llantas, dulces, pelucas y cosméticos. Y antes de llegar al puesto de las quesadillas donde seguramente ya te espera Seiva, tu mirada caerá en una joven de estatura menuda, flexible, alegre y de talle a la Pina Bausch. Debajo de su sombrero de fieltro, alcanzarás a ver sus ojos avispados, pero serán sus movimientos delicados y precisos los que te cortarán el paso y la respiración. Esperarás a que termine su rutina y mientras sigues sus movimientos por el aire y por el piso, leerás en la parte exterior de una cubeta que las donaciones serán para continuar sus estudios. Entonces imaginarás que estudia danza pues tiene la figura de bailarina; pero no, tal vez estudie teatro o performance, ya que se desplaza muy bien por la calle que hace las veces de escenario, pero tampoco. Más tarde cuando le hagas la plática te dirá que estudia producción y televisión en Columbia College, pero por ser indocumentada y no tener dinero suficiente para la colegiatura, solo puede ser estudiante de medio tiempo. Entonces te dirá que a pesar de haber sido beneficiada por el programa DACA (Deferred Action for Childhood Arrivals) no podrá recibir ayuda gubernamental para sus estudios. “Tengo seguro y puedo trabajar, pero no fue un Dream Act completo” —te dirá. Por eso cada domingo desde el 2010, si no llueve, la encontrarás bailando en el Mercado Maxwell de la calle Desplaines y entre semana también trabajará, pero en una oficina de las farmacias Walgreens llenando papeleo del personal de seguridad. A la sazón comprenderás que con dos trabajos apenas si pueda pagar la colegiatura. Al paso que va, en el 2018 y después de 8 años de trabajo y estudio Charleen Torres finalmente podrá graduarse del Columbia College. Por ahora, al saberse indocumentada, está consciente que no tiene el futuro asegurado en este país y cree que “si en los próximos dos años no llega a pasar una reforma migratoria ya después no pasará”. Y antes de regresar a bailar, culminará diciendo que aquí seguirá en este mercado, en esta ciudad y en este país echándole ganas y si la llegaran a deportar a su natal Guatemala, pues entonces le tocaría seguirle echando ganas allá también. Cherleen respirará profundamente, regresará a poner otra pieza de jazz en su aparato de audio móvil y haciendo una reverencia con el sombrero se entregará a sacar sus emociones y frustraciones a través del baile. Ahí —en el escenario improvisado del mercado de la calle Desplaines— terminará agotada
y bañada en sudor en este antepenúltimo domingo de mayo. 


Franky Piña.  Director editorial de El BeiSMan.
 

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